martes, 13 de septiembre de 2016

Patadas contra el calendario

Era un doce que soñaba ser trece, un lunes que se disfrazaba de la mala suerte para parecer martes. Las hojas marchitas de octubre se secaban en septiembre. Y como un remolino de esas pequeñas cosas sin sentido, noviembre, que había permanecido en la sala de espera, se esfumaba sin mirar el reloj. Así, los planes por encargo de mis sueños y tus excusas se perdían en un adiós sin ruido.
Ilusas mis mariposas saltan sin alas, se mueren ahogadas, vuelven a ser larvas.
Era un trece que disimulaba delante del doce, era un martes pisoteando al lunes. Qué más da si eran las doce y cuarto, si era el inicio de un nuevo vuelo, o si era la última oportunidad de pertenecer a un día acabado. Porque si caigo en la  cuenta de las pocas prisas, entenderé al fin que los números suman o restan, no saltan.

viernes, 9 de septiembre de 2016

Inopia

Se viste de gata. Se calza sus delirios de grandeza, esos que le permiten levantarse una vez más. Se anota un "to be continue" en el pulmón, por si el aguijón de los besos de humo y las palabras de paso se le clavaran. Pero la historia se acaba y la enreda, como un laberinto de cuerdas de nudos sin hacer. Y un pedacito de su esencia sólo cabe ya en un bote de cartón que se empapa y se deshace.
Porque las medias tintas se inflaman en su garganta, pero las agujas del tiempo sin cabezal ya no le pinchan.
Levanta, gata, recoge tus huellas, tus cuatro vidas quebradas, y despídete al partir; que tus maullidos serán simplemente el eco acostado de tu propio desdén.

miércoles, 29 de julio de 2015

Después de todo...

Se sube a la parra como de costumbre, y no es una mera forma de hablar, literalmente se sube a la parra que está justo a su espalda cuando la encuentra pegando saltos para coger unos higos. Inés se ha traído la típica bolsa de tela para llenarla de higos, siempre dice que la tarta que hace su madre de queso con mermelada de higo tiene ese toque delicioso porque él sabe escoger los más sabrosos. Inés, entre risitas sonrojadas, le presta ese voto de confianza. Qué más da si los higos son los más sabrosos o no, al menos buena es la excusa para que sus manos se rocen cuando él los mete dentro de la bolsa. Esa caricia que más bien es un susurro de palabras que salen a gritos por los poros silenciosos de su piel. Blas apenas siquiera es consciente de que la boca puede traicionar a los ojos, después de todo, hoy no va a ser un día distinto. Pues ¿con qué palabras se puede defender un ciego, si aún teniendo ojos videntes tiene las pupilas mudas?

Se duerme en lo laureles como de costumbre, y no es una mera forma de hablar, literalmente se ha colgado de la rama de uno de sus antojos, donde una hoja de laurel le lleva por una nube de arena a esa parte del espacio que aún está por descubrir, donde no hace falta llegar a la luna para poder soñar. Qué más da si el olor a tierra espesa y mojada anuncia aguacero de mariposas en el estómago, si la distancia que impone el miedo es tan resistente al desengaño.

Inés con su bolsa de tela, de espaldas al miedo, sus poros hambrientos, sus labios sedientos, su lengua de azúcar; y Blas, su boca discreta, sus ojos gritando, subido a la parra...

Se esfuma el momento.



jueves, 26 de febrero de 2015

Viajes estáticos.

A nadie se le ocurrirá que sólo quiso volar, como antes...
La nave dispuesta en el mismo lugar. La funda de ganchillo no disimula muy bien las pelotillas del respaldo, pero aún así los brazos, y aún desgastados, están en perfectas condiciones y dispuestos para la operación. El procedimiento para el embarque siempre el mismo: cierra la puerta del trastero con llave, apaga las luces, se sienta, cierra los ojos  y cuenta hacia atrás.
Es curioso que siempre lleve equipaje adecuado para cada ocasión. ¿Cómo es posible entonces que para un viaje por el fondo del mar se olvidara de respirar?

domingo, 15 de febrero de 2015

Blues Cat




La sala demasiado llena, yo demasiado seco, y una tenue luz de velas que amortigua la avaricia, el vicio y el sucio olor a dinero desgastado por las manos del juego.


 Esa es mi escena. 
             
                Mi rutina, mi sepultura.


 El whisky ya no quema, empacha. Las horas ya no son eternas, se estancan, se ahogan en tus curvas, se quiebran en tu mirada de gata, se secan en tu espalda mojada. 

         No huyas.

No huyas, gata, pues barrer el polvo de tu desdicha no dejará impoluto tu rastro de serpiente inoportuna. No huyas, gata, lárgate, búscame, no te acerques por los rincones entre las miradas transeúntes, deja de existir entre la multitud para que yo sin siquiera mirarte, pueda verte. Y saber que aún sin estar...te quedas.

miércoles, 11 de febrero de 2015

Íntimo

Es el cuarto mensaje que recibo. La batería empieza a aflojar, pero el móvil decide jugármela despidiéndose cuando mis ojos se encuentran con tu última frase:

"Ahora te cogería de la nuca, te acercaría a mí, y te pasaría la punta de la lengua por todos y cada uno de tus dientes. Metería tus dedos dentro..."

Y me quedo como estaba, sola, en la última mesa del rincón de la derecha. Yo, mi deseo y tu ausencia.

A tantos kilómetros es difícil acertar el tamaño, pero es jugar a adivinarlo lo que más me excita.

La gente toma su café, acaba su sandwich, habla de temas que ni a ellos les importa. Entretanto, yo juego  con la servilleta, la enredo como tus palabras en mi cabeza. Noto tu aliento por el cuello, tu susurro que juega a desabrocharme la razón y a desordenar mis papeles de lo que está bien y lo que no. Y de pronto noto cómo todo ese ruido y esas caras de fondo se desvanecen. Sólo estamos tus palabras, mi saliva, y el calor. La cremallera del pantalón me molesta, por no hablar del botón, que sólo hasta ahora había tenido sentido y ahora me pide a gritos que lo desajuste. 

El color se acumula en mis mejillas y el frío que entra por la ventana se mezcla con la quemazón que se sale directamente de mis bragas, un calor que se hace cada vez más y más latente.

Debería pagar mi cuenta, coger mi café a medias y largarme de aquí, pero la mano izquierda parece haberse adelantado, y avispada como si fuera la tuya, se ha colado debajo de la mesa y se ha metido entre las piernas que se cruzan y disimulan la jugada. Oigo tus palabras escritas y me las llevo a las yemas de los dedos, el índice y el corazón, que hace ya un rato se deshicieron del botón impertinente y la cremallera asustada.

Cada vez me sobra más ropa, prendas que no me puedo quitar y que oprimen, me estorban. Podría escaparme al baño, quitarme la ropa y deshacerme hasta quedarme vacía; haciéndolo sencillo, sucio, ordinario y vulgar, pero normal. Pero imaginar tus ojos en fuego que me miran mientras juego a acariciarme, rozar mis bragas mojadas y delante de todo el mundo, me deja sin respiración. Me excita demasiado sentir que aunque la gente de mi alrededor es testigo de mi festín, nadie se percata de que me estoy acariciando pensando en la única persona que no está: tú.

La mano derecha sólo se ocupa de sujetar el café, café que me llevo a la boca mientras ahogo el gemido que lleva tu nombre. Y mientras la hinchazón del clítoris al contacto los dedos de la mano izquierda, que hace rato son los tuyos, se hace cada vez más notoria. Movimientos circulares de unos dedos que ya no me  pertenecen y que se convierten en tu lengua ansiosa y juguetona, me hace perder el norte.
El aire parece haber hecho un descanso en la garganta, me falta, me sobra, me duele. Me gusta.

Las piernas siguen cerradas como si de un telón de teatro fuera, y amortiguan el placer de pensar que si estuvieras aquí los demás no serían sino nuestro público dispuesto a pagar por ver cómo nos retorcemos del placer aquí y ahora, tocándonos, besándonos, devorándonos el uno al otro hasta desaparecer.

Con el veneno de tu boca en mi saliva, me tomo ese último trago de café que guardé para el final, donde ahogo el gemido que me lleva a abrocharme el botón, cerrar mi cremallera y pagar la cuenta. Pensando que las deudas de la intimidad entre tú y yo... me las cobraré en otra ocasión.

sábado, 17 de enero de 2015

La sed

Se manosea un mechón de pelo mientras la radio alardea de tener buen gusto para la música. Sus pensamientos pesimistas hacen pompas de jabón en el agujero de ozono de su lado izquierdo del pecho.


Recitar verdades a modo de poema... se ha quedado obsoleto. Es mirar el reloj y comparar la distancia entre los segundos con las millas que le separan de su mayor problema, su mejor pasatiempo.

La sed.

El único líquido cerca y existente empieza a desprender un olor bastante desagradable.

Tic-tac, un, dos, tres y tira otra vez; monea al aire: cara-cara, cruz-cara. Juguetea a perder consigo mismo, echando a suertes su destino. Apretar o aflojar, todo depende de cómo venga el aire de su desgana. Mientras, no deja de mirar hacia el techo, como si el polvo de la ventana le diera pistas de cómo escapar de ese infierno pordiosero.

La sed.

La muñeca. La muñeca es esa parte del cuerpo que si sabes cortar por donde es debido, se te va la vida. Una parte tan importante del cuerpo y tan frágil y con nombre de juguete.

Tiene sed.

No deja de sangrarle la fisura de media luna que  tiene en la mano. Se mira la sangre como si agua de mayo fuera. Gran parte de esa fisura tiene una costra renegrida y huele a hierro. Después de un gran rato observando su herida, oliéndola, y pasar la lengua por la parte más costrosa decide sucumbir a la tentación de probarla. Al principio le parece  desagradable, pero a medida que absorbe y la sangre brota, se hace adictivo. Chupa y chupa de la brecha, mientras la sangre comienza a emerger como si fuera un chorro de agua en una tubería rota. Las letras de su retirada empiezan a amontonarse en algún punto lejano del escritorio, a simple escasos centímetros de su cara. Las fuerzas flaquean, pero no puede dejar de succionar su chorro de vida por la muñeca, por esa parte del cuerpo que juega a perder. Bebe una vez más, y con náuseas pero con ganas de más, firma.

Mira su reloj: 00.01. Esa hora precisa del día que ha llegado a su fin y que da entrada a la madrugada de un nuevo amanecer. El momento perfecto para morir.

lunes, 30 de diciembre de 2013

La margarita dijo no



La bobina de lana se le deshace entre los dedos mientras cuenta hasta diez de forma aleatoria. Del uno al tres, volviendo al dos para pasar al cuatro; de nuevo vuelve al tres hasta saltar al seis, y de un salto saltamontés llegar al cuatro para llegar al cinco; y así sucesivamente, hasta llegar al décimo punto en que enreda los dos colores para formar uno sólo.

Lo ha visto mil veces, y aún así cree sentirse principiante cada vez que comienza de cero a elaborar un encargo. "Mecequita, si se pinta no se quita" dice a modo de carraspeo, dando por sentado, que los demás han de entender qué demonios significa. Pero es la única frase que solemos escuchar de su boca desde hace no menos de catorce años, aparte claro, de sus cuentas aleatorias hacia atrás. 

El aceite singer impregnan siempre el contexto de su habitación luminosa y grisácea. Su mirada perdida entre cortinas transparentes que bañan de luz asmática los ácaros de su colchón, sólo parece cobrar sentido cuando alguien le hace una minúscula muestra de afecto, entonces te mira y carraspea: "Mecequita, si se pinta no se quita", y de nuevo vuelve a su estado de cómputo: uno, tres, dos, cuatro, tres, seis, cuatro, cinco, siete,...

Virginia y yo sólo nos llevamos tres años de diferencia. Ella aun siendo más joven, tenía "maneras" (como decían mis tías) de artista, esa gracia fresca que además de la más hermosa le hacía parecer más madura. Le gustaba pintarse la cara de negro azabache, los labios de carmín intenso, y cantar al son de los grillos canciones de Chaka Khan, Diana Ross, o Patty La Belle. Los vestidos de vuelo, de tela fina y estampados florales; el olor a canela, lavanda y a a mierda de las gallinas. Ese era nuestro escenario, el mismo en el que ella tenía para exhibir sus encantos de mujer a medio hacer. 

Yo no recuerdo la última vez que la vi sonreír. Espera, ¡sí! Ya me acuerdo. Estábamos en el campo. Como todos los veranos, la tía Clarisa nos invitaba por su cumpleaños a tomar limonada y dulces caseros, en su chalet. Recuerdo perfectamente aquel momento, en que Sergio se acercó con una margarita peculiar, se arrodilló ante ella y se pronunció: "¿Ves, Mecequita? le he quitado todos los "No", así que...ya no te quedará más remedio que decirme que SÍ". A todos los allí presentes nos dio un ataque de risa, menos a ella, que con una tímida y amplia sonrisa, recogió su margarita y se la plantó en el pelo (no sin antes, devolver lo que fue... su primer beso). Yo era una simple observadora, una testigo más de aquella preciosa, fresca y última sonrisa.

Sóliamos jugar a "la langosta buceadora". Era un juego estúpido a decir verdad. Cuatro de nosotros nos metíamos a la piscina, por la parte que no cubría el agua más allá de la cintura; en fila india nos poníamos uno detrás del otro con las piernas abiertas. El que estaba fuera tenía que coger carrerilla y pegar un salto desde el borde de la piscina y pasar por debajo de nuestras piernas arqueadas. Ganaba quien daba el salto más espectacular, sumando más puntos si aguantaba más tiempo debajo del agua. Sergio tenía la manía de pintar la puntuación en el suelo de cemento que había cerca de los bancos de madera, juntos a los columpios, a tres o cuatro metros de la piscina. Victoria siempre se enfadaba porque luego su madre le regañaba al ver las marcas de tiza por todas partes. Y entonces él se justificaba diciendo "Mecequita, si se pinta no se quita", mientras (en secreto) le pellizcaba un cachete del culo. 

Dieciocho de Julio, treinta y tres grados centígrados a la sombra, y los restos de agua servían de picadero a unas cuantas hormigas con las patas para arriba que parecían ahogarse. Las seis y cuarto de la tarde, lo recuerdo. La tia Clarisa había dejado una bandeja con sándwiches de nocilla y una jarra de limonada sobre la mesa, tapada con servilletas de papel para que las moscas y las avispas no se apoderaran de la merienda, y ya empezaba a contar hasta diez para que saliéramos del agua. El tío Jacinto, para dejarnos disfrutar más del agua, se ofrecía voluntario para contar, y como estrategia, siempre contaba de forma alternativa, saltándose números; así que llegar a diez era casi como contar hasta cien. Ya íbamos a salir del agua, cuando Sergio le pidió a Victoria que hiciera el último salto de langosta buceada, pues quería presenciar una vez más el baile retozón de sus pechos a medio hacer. Todos estábamos dentro de la piscina. Esta vez, Victoria quería hacer su mejor salto para ganar y no perder la costumbre de llevarse los cinco duros que todos poníamos como fondo en la tacita del nescafé. Le encantaba impresionar a Sergio, así que siempre se iba hacia atrás, lo más que podía, para coger mucha carrerilla y tomar impulso para el salto. Como siempre, así lo hizo, lo que cambió fue su salto, y con él el desenlace de lo que parecía una tarde más de ahogadillas, empujones, saltos de delfín y disputas por los puntos. Saltó hacia atrás, intentando hacer una voltereta en el aire.

Del resto de la tarde tengo vagos recuerdos, mi tío sacando a Victoria inconsciente del agua, mi tía gritando, mis primos llorando, y Sergio en la escalera de la piscina completamente inmóvil y con la margarita de un único pétalo mojada en la mano. El pétalo que le dejó en el banquillo del hospital esperando, el pétalo que le permitió seguir adelante con su vida mientras Victoria (entre tinieblas) se alejaba más y más de la suya propia, el pétalo que al final le dijo no.