miércoles, 29 de julio de 2015

Después de todo...

Se sube a la parra como de costumbre, y no es una mera forma de hablar, literalmente se sube a la parra que está justo a su espalda cuando la encuentra pegando saltos para coger unos higos. Inés se ha traído la típica bolsa de tela para llenarla de higos, siempre dice que la tarta que hace su madre de queso con mermelada de higo tiene ese toque delicioso porque él sabe escoger los más sabrosos. Inés, entre risitas sonrojadas, le presta ese voto de confianza. Qué más da si los higos son los más sabrosos o no, al menos buena es la excusa para que sus manos se rocen cuando él los mete dentro de la bolsa. Esa caricia que más bien es un susurro de palabras que salen a gritos por los poros silenciosos de su piel. Blas apenas siquiera es consciente de que la boca puede traicionar a los ojos, después de todo, hoy no va a ser un día distinto. Pues ¿con qué palabras se puede defender un ciego, si aún teniendo ojos videntes tiene las pupilas mudas?

Se duerme en lo laureles como de costumbre, y no es una mera forma de hablar, literalmente se ha colgado de la rama de uno de sus antojos, donde una hoja de laurel le lleva por una nube de arena a esa parte del espacio que aún está por descubrir, donde no hace falta llegar a la luna para poder soñar. Qué más da si el olor a tierra espesa y mojada anuncia aguacero de mariposas en el estómago, si la distancia que impone el miedo es tan resistente al desengaño.

Inés con su bolsa de tela, de espaldas al miedo, sus poros hambrientos, sus labios sedientos, su lengua de azúcar; y Blas, su boca discreta, sus ojos gritando, subido a la parra...

Se esfuma el momento.



jueves, 26 de febrero de 2015

Viajes estáticos.

A nadie se le ocurrirá que sólo quiso volar, como antes...
La nave dispuesta en el mismo lugar. La funda de ganchillo no disimula muy bien las pelotillas del respaldo, pero aún así los brazos, y aún desgastados, están en perfectas condiciones y dispuestos para la operación. El procedimiento para el embarque siempre el mismo: cierra la puerta del trastero con llave, apaga las luces, se sienta, cierra los ojos  y cuenta hacia atrás.
Es curioso que siempre lleve equipaje adecuado para cada ocasión. ¿Cómo es posible entonces que para un viaje por el fondo del mar se olvidara de respirar?

domingo, 15 de febrero de 2015

Blues Cat




La sala demasiado llena, yo demasiado seco, y una tenue luz de velas que amortigua la avaricia, el vicio y el sucio olor a dinero desgastado por las manos del juego.


 Esa es mi escena. 
             
                Mi rutina, mi sepultura.


 El whisky ya no quema, empacha. Las horas ya no son eternas, se estancan, se ahogan en tus curvas, se quiebran en tu mirada de gata, se secan en tu espalda mojada. 

         No huyas.

No huyas, gata, pues barrer el polvo de tu desdicha no dejará impoluto tu rastro de serpiente inoportuna. No huyas, gata, lárgate, búscame, no te acerques por los rincones entre las miradas transeúntes, deja de existir entre la multitud para que yo sin siquiera mirarte, pueda verte. Y saber que aún sin estar...te quedas.

miércoles, 11 de febrero de 2015

Íntimo

Es el cuarto mensaje que recibo. La batería empieza a aflojar, pero el móvil decide jugármela despidiéndose cuando mis ojos se encuentran con tu última frase:

"Ahora te cogería de la nuca, te acercaría a mí, y te pasaría la punta de la lengua por todos y cada uno de tus dientes. Metería tus dedos dentro..."

Y me quedo como estaba, sola, en la última mesa del rincón de la derecha. Yo, mi deseo y tu ausencia.

A tantos kilómetros es difícil acertar el tamaño, pero es jugar a adivinarlo lo que más me excita.

La gente toma su café, acaba su sandwich, habla de temas que ni a ellos les importa. Entretanto, yo juego  con la servilleta, la enredo como tus palabras en mi cabeza. Noto tu aliento por el cuello, tu susurro que juega a desabrocharme la razón y a desordenar mis papeles de lo que está bien y lo que no. Y de pronto noto cómo todo ese ruido y esas caras de fondo se desvanecen. Sólo estamos tus palabras, mi saliva, y el calor. La cremallera del pantalón me molesta, por no hablar del botón, que sólo hasta ahora había tenido sentido y ahora me pide a gritos que lo desajuste. 

El color se acumula en mis mejillas y el frío que entra por la ventana se mezcla con la quemazón que se sale directamente de mis bragas, un calor que se hace cada vez más y más latente.

Debería pagar mi cuenta, coger mi café a medias y largarme de aquí, pero la mano izquierda parece haberse adelantado, y avispada como si fuera la tuya, se ha colado debajo de la mesa y se ha metido entre las piernas que se cruzan y disimulan la jugada. Oigo tus palabras escritas y me las llevo a las yemas de los dedos, el índice y el corazón, que hace ya un rato se deshicieron del botón impertinente y la cremallera asustada.

Cada vez me sobra más ropa, prendas que no me puedo quitar y que oprimen, me estorban. Podría escaparme al baño, quitarme la ropa y deshacerme hasta quedarme vacía; haciéndolo sencillo, sucio, ordinario y vulgar, pero normal. Pero imaginar tus ojos en fuego que me miran mientras juego a acariciarme, rozar mis bragas mojadas y delante de todo el mundo, me deja sin respiración. Me excita demasiado sentir que aunque la gente de mi alrededor es testigo de mi festín, nadie se percata de que me estoy acariciando pensando en la única persona que no está: tú.

La mano derecha sólo se ocupa de sujetar el café, café que me llevo a la boca mientras ahogo el gemido que lleva tu nombre. Y mientras la hinchazón del clítoris al contacto los dedos de la mano izquierda, que hace rato son los tuyos, se hace cada vez más notoria. Movimientos circulares de unos dedos que ya no me  pertenecen y que se convierten en tu lengua ansiosa y juguetona, me hace perder el norte.
El aire parece haber hecho un descanso en la garganta, me falta, me sobra, me duele. Me gusta.

Las piernas siguen cerradas como si de un telón de teatro fuera, y amortiguan el placer de pensar que si estuvieras aquí los demás no serían sino nuestro público dispuesto a pagar por ver cómo nos retorcemos del placer aquí y ahora, tocándonos, besándonos, devorándonos el uno al otro hasta desaparecer.

Con el veneno de tu boca en mi saliva, me tomo ese último trago de café que guardé para el final, donde ahogo el gemido que me lleva a abrocharme el botón, cerrar mi cremallera y pagar la cuenta. Pensando que las deudas de la intimidad entre tú y yo... me las cobraré en otra ocasión.

sábado, 17 de enero de 2015

La sed

Se manosea un mechón de pelo mientras la radio alardea de tener buen gusto para la música. Sus pensamientos pesimistas hacen pompas de jabón en el agujero de ozono de su lado izquierdo del pecho.


Recitar verdades a modo de poema... se ha quedado obsoleto. Es mirar el reloj y comparar la distancia entre los segundos con las millas que le separan de su mayor problema, su mejor pasatiempo.

La sed.

El único líquido cerca y existente empieza a desprender un olor bastante desagradable.

Tic-tac, un, dos, tres y tira otra vez; monea al aire: cara-cara, cruz-cara. Juguetea a perder consigo mismo, echando a suertes su destino. Apretar o aflojar, todo depende de cómo venga el aire de su desgana. Mientras, no deja de mirar hacia el techo, como si el polvo de la ventana le diera pistas de cómo escapar de ese infierno pordiosero.

La sed.

La muñeca. La muñeca es esa parte del cuerpo que si sabes cortar por donde es debido, se te va la vida. Una parte tan importante del cuerpo y tan frágil y con nombre de juguete.

Tiene sed.

No deja de sangrarle la fisura de media luna que  tiene en la mano. Se mira la sangre como si agua de mayo fuera. Gran parte de esa fisura tiene una costra renegrida y huele a hierro. Después de un gran rato observando su herida, oliéndola, y pasar la lengua por la parte más costrosa decide sucumbir a la tentación de probarla. Al principio le parece  desagradable, pero a medida que absorbe y la sangre brota, se hace adictivo. Chupa y chupa de la brecha, mientras la sangre comienza a emerger como si fuera un chorro de agua en una tubería rota. Las letras de su retirada empiezan a amontonarse en algún punto lejano del escritorio, a simple escasos centímetros de su cara. Las fuerzas flaquean, pero no puede dejar de succionar su chorro de vida por la muñeca, por esa parte del cuerpo que juega a perder. Bebe una vez más, y con náuseas pero con ganas de más, firma.

Mira su reloj: 00.01. Esa hora precisa del día que ha llegado a su fin y que da entrada a la madrugada de un nuevo amanecer. El momento perfecto para morir.

lunes, 30 de diciembre de 2013

La margarita dijo no



La bobina de lana se le deshace entre los dedos mientras cuenta hasta diez de forma aleatoria. Del uno al tres, volviendo al dos para pasar al cuatro; de nuevo vuelve al tres hasta saltar al seis, y de un salto saltamontés llegar al cuatro para llegar al cinco; y así sucesivamente, hasta llegar al décimo punto en que enreda los dos colores para formar uno sólo.

Lo ha visto mil veces, y aún así cree sentirse principiante cada vez que comienza de cero a elaborar un encargo. "Mecequita, si se pinta no se quita" dice a modo de carraspeo, dando por sentado, que los demás han de entender qué demonios significa. Pero es la única frase que solemos escuchar de su boca desde hace no menos de catorce años, aparte claro, de sus cuentas aleatorias hacia atrás. 

El aceite singer impregnan siempre el contexto de su habitación luminosa y grisácea. Su mirada perdida entre cortinas transparentes que bañan de luz asmática los ácaros de su colchón, sólo parece cobrar sentido cuando alguien le hace una minúscula muestra de afecto, entonces te mira y carraspea: "Mecequita, si se pinta no se quita", y de nuevo vuelve a su estado de cómputo: uno, tres, dos, cuatro, tres, seis, cuatro, cinco, siete,...

Virginia y yo sólo nos llevamos tres años de diferencia. Ella aun siendo más joven, tenía "maneras" (como decían mis tías) de artista, esa gracia fresca que además de la más hermosa le hacía parecer más madura. Le gustaba pintarse la cara de negro azabache, los labios de carmín intenso, y cantar al son de los grillos canciones de Chaka Khan, Diana Ross, o Patty La Belle. Los vestidos de vuelo, de tela fina y estampados florales; el olor a canela, lavanda y a a mierda de las gallinas. Ese era nuestro escenario, el mismo en el que ella tenía para exhibir sus encantos de mujer a medio hacer. 

Yo no recuerdo la última vez que la vi sonreír. Espera, ¡sí! Ya me acuerdo. Estábamos en el campo. Como todos los veranos, la tía Clarisa nos invitaba por su cumpleaños a tomar limonada y dulces caseros, en su chalet. Recuerdo perfectamente aquel momento, en que Sergio se acercó con una margarita peculiar, se arrodilló ante ella y se pronunció: "¿Ves, Mecequita? le he quitado todos los "No", así que...ya no te quedará más remedio que decirme que SÍ". A todos los allí presentes nos dio un ataque de risa, menos a ella, que con una tímida y amplia sonrisa, recogió su margarita y se la plantó en el pelo (no sin antes, devolver lo que fue... su primer beso). Yo era una simple observadora, una testigo más de aquella preciosa, fresca y última sonrisa.

Sóliamos jugar a "la langosta buceadora". Era un juego estúpido a decir verdad. Cuatro de nosotros nos metíamos a la piscina, por la parte que no cubría el agua más allá de la cintura; en fila india nos poníamos uno detrás del otro con las piernas abiertas. El que estaba fuera tenía que coger carrerilla y pegar un salto desde el borde de la piscina y pasar por debajo de nuestras piernas arqueadas. Ganaba quien daba el salto más espectacular, sumando más puntos si aguantaba más tiempo debajo del agua. Sergio tenía la manía de pintar la puntuación en el suelo de cemento que había cerca de los bancos de madera, juntos a los columpios, a tres o cuatro metros de la piscina. Victoria siempre se enfadaba porque luego su madre le regañaba al ver las marcas de tiza por todas partes. Y entonces él se justificaba diciendo "Mecequita, si se pinta no se quita", mientras (en secreto) le pellizcaba un cachete del culo. 

Dieciocho de Julio, treinta y tres grados centígrados a la sombra, y los restos de agua servían de picadero a unas cuantas hormigas con las patas para arriba que parecían ahogarse. Las seis y cuarto de la tarde, lo recuerdo. La tia Clarisa había dejado una bandeja con sándwiches de nocilla y una jarra de limonada sobre la mesa, tapada con servilletas de papel para que las moscas y las avispas no se apoderaran de la merienda, y ya empezaba a contar hasta diez para que saliéramos del agua. El tío Jacinto, para dejarnos disfrutar más del agua, se ofrecía voluntario para contar, y como estrategia, siempre contaba de forma alternativa, saltándose números; así que llegar a diez era casi como contar hasta cien. Ya íbamos a salir del agua, cuando Sergio le pidió a Victoria que hiciera el último salto de langosta buceada, pues quería presenciar una vez más el baile retozón de sus pechos a medio hacer. Todos estábamos dentro de la piscina. Esta vez, Victoria quería hacer su mejor salto para ganar y no perder la costumbre de llevarse los cinco duros que todos poníamos como fondo en la tacita del nescafé. Le encantaba impresionar a Sergio, así que siempre se iba hacia atrás, lo más que podía, para coger mucha carrerilla y tomar impulso para el salto. Como siempre, así lo hizo, lo que cambió fue su salto, y con él el desenlace de lo que parecía una tarde más de ahogadillas, empujones, saltos de delfín y disputas por los puntos. Saltó hacia atrás, intentando hacer una voltereta en el aire.

Del resto de la tarde tengo vagos recuerdos, mi tío sacando a Victoria inconsciente del agua, mi tía gritando, mis primos llorando, y Sergio en la escalera de la piscina completamente inmóvil y con la margarita de un único pétalo mojada en la mano. El pétalo que le dejó en el banquillo del hospital esperando, el pétalo que le permitió seguir adelante con su vida mientras Victoria (entre tinieblas) se alejaba más y más de la suya propia, el pétalo que al final le dijo no.




sábado, 28 de diciembre de 2013

Mi pasajera

Parece cansada. Me mira indiferente cuando le pregunto si tiene frío mientras nos adentramos en la oscuridad de la carretera comarcal. 
Mientras me rasco la entrepierna, recuerdo el tamaño de sus tetas, tan pequeñas, redondas, tersas y suaves; hechas únicamente a la medida perfecta de mis manos. 
Su cuerpo de muñeca. Sus ojos negros perdidos en la inmensidad. Su boca entreabierta y sin aliento. Su pelo, tan limpio y largo; esa melena negra que se arrastra por el borde de su cintura con olor a champú. Su piel, blanca como la luna y gélida como una noche en el desierto. Su olor corporal  hace rato que es neutro, ya no lo recuerdo.
Echo un vistazo al reloj, son exactamente las dos y cuarto de la madrugada, y su teléfono no deja de sonar. No me pone nervioso el sonido incesante, hasta cierto punto lo entiendo, ya debería haber llegado a casa. Sigue llamándola, mamá, sigue.
Ya falta menos.
Tiene diecisiete, aunque antes de entrarme al trapo juró que tenía veinte. Me pregunto si es lo primero de lo que se ha arrepentido al terminarse la copa. Supongo que los efectos de confusión y pérdida de conciencia debió experimentarlos el tiempo justo como para ser consciente de lo que iba a suceder después, momentos antes de acabar en el descampado que hay detrás. Es tan fácil. Ése es el mejor momento, en que todo parece pasar desapercibido entre la multitud. 
Nada de forcejos, quejas o lloriqueo. 
Sólo es un coño dulce, limpio, tierno (tal vez virginal), muerto, un cuerpo más, mío. Un cuerpo que deja una huella más en el suelo dónde nadie se va a parar a mirar después. Una noche más, en la que una simple desconocida se convierte en mi pasajera con destino a la eternidad.
Tranquila, ya llegamos.


sábado, 9 de noviembre de 2013

Confesiones de una Lóndoner

Bien, por dónde empezar sino por el principio. Estoy en esa media de población que, aún "presumiendo" de una preparación profesional adquirida, sigue (salvo el nombre) carente de algo propio, si acaso los apellidos. Treinta años, toda una vida dedicada al estudio, toda una vida preparándote para dedicarte a todo aquello que concierne y se aísla del trabajo forzoso sin una retribución convergente. Y al final, lo más curioso de todo, es que esa lucha por no caer en esa zanja en la que se ha derramado tanto sudor y sufrimiento de una generación que vivió para y por sus padres así como para sus hijos, ha sido en vano.

Te diría que soy psicóloga si pudiera, pero hasta el momento sólo puedo decir que soy licenciada en psicología por la Universidad de Jaén. Espero en unos años poder decir que vivo de mi profesión sin que ello signifique estar lejos de la familia, pero... tiempo al tiempo.

Me he pasado la vida estudiando, sí, pero no va conmigo esa frase calificativa de "no dar palo al agua", a pesar de haber gozado del privilegio de pertenecer a esa lechigada estudiantil, puedo decir que he tenido diferentes trabajos durante los veranos para poner mi granito de arena en el monedero familiar. A quién no le suena eso de embuchar berenjena en "Los Calzado", o el "cigarro de las doce" en la oliva más cercana mientras las parras te miran de reojo cargadas de uva verde o tinta, o pinchar sin destrozar la cebollita en vinagre de las banderillas de Las Conservas Castro... Recuerdo que mi primer sueldo fue de unas nueve mil pesetas, pelando cebollas, un verano que contaba trece años en mi DNI. Sí, he trabajado en muchos sitios, pero poco tiempo, por tanto aprendiz de mucho, maestro de nada.

Me aventuré este verano a distribuir panfletos por Bolaños y pueblos de alrededor, anunciando la posibilidad de llevar a cabo terapia psicológica a domicilio, pero como cabía esperar nadie llamó. Unos meses encerrada en casa, viendo como las ofertas del InfoJob y similares se iban apagando y la suma de solicitantes engordando. Así, un día, la providencia con forma de mujer (maravillosa, por cierto) me ofreció, además de su confianza y apoyo, la posibilidad de venir a Londres a buscarme la vida y vivir nuevas experiencias.

Imagínate, gracias a la ineficaz educación en idiomas que nos proporcionan en España, y además de los diez años que llevaba sin tocar el inglés, me vine a Londres con la esperanza de sobrevivir al vuelo sola, y a la llegada al nuevo mundo con frases prácticamente recortadas de un libreto en miniatura de cincuenta hojas, lo justo para ser educado y dar los buenos días, pedir un favor y cuatro palabras más y mal pronunciadas. Aún así, llegué en pleno Enero, con las rebajas en forma de "recortes" en mi bolsillo (lo que viene siendo ni un remedio), encontré trabajo a los once días de estar aquí. Recuerdo que me hablaba la manager sobre el puesto y yo no me enteraba absolutamente de nada, y después de tratar de repetirme una y mil veces lo mismo y yo no entender nada, me dijo: "Mira, haremos una cosa, ve con ese chico que te enseñe el trabajo y el recorrido, cuando vuelvas, si te sigue interesando el trabajo entonces hablamos", y por supuesto accedí. El trabajo consistía en ir con una bici con un carro y vender en distintas oficinas bocadillos, bebidas, bolsas de patatas y chocolates. Sí, vi el recorrido, algo que en un principio me pareció sumamente fácil porque estuve haciendo el "training" durante tres días acompañada don el chico. La cosa cambió cuando, en lugar de tirar únicamente de mí misma, se le sumó el peso del cajón con las cajas de comida y el "trolley", además de intentar no cambiarme de forma automática al carril de la derecha. Qué locura de día,  completamente perdida en todos los sentidos, sin tener la menor idea del valor de los peniques, ni del idioma, ni de si mi saludo spaninglish era más o menos comercial al entrar a las oficinas, y no hablemos de hacer el recuento a la vuelta, en el almacén de los productos vendidos para hacer después el pedido, imaginando en inglés sin parar de soñar en español. La nieve, la lluvia, el gélido viento del invierno, me estuvieron acompañando, junto a las agallas y la toalla que no se tira durante algo más de tres meses, hasta que me lesioné las rodillas y los brazos de arrastrar tanto peso.

He rondado en diferentes trabajos desde que llegué, dando rienda suelta al cultivo del arte de movimiento de muñeca mientras le saco brillo a un escritorio, un váter o una ducha; hasta cómo poner a dos dedos exactos del borde de la mesa los "chopsticks" mientras la salsa de soja se almacena en la despensa; o sirviendo café en una agencia de viajes árabe, o sirviendo copas para gente que viene con sus mejores galas a exigirte que tiene el derecho de ser atendido el primero mientras la barra se pone patas arriba. Pero sin duda alguna, el trabajo que más me ha marcado ha sido el que hice con la bici, que me ha hecho valorar, entre otras cosas, la importancia y el valor del optimismo, ver cómo te salen heridas en las manos del frio, ver como la nieve te cala hasta los huesos mientras una lágrima se congela en el lacrimal y te recuerda que todavía te quedan fuerzas para seguir adelante, una vez más.


¿Sabes? Una empieza a plantearse ciertas cosas cuando se ve envuelta en situaciones que no hubiera imaginado ni aunque te juren que van a pasar. Nunca imaginé que dormir en una cama individual fuera un tesoro, o que coger algún que otro sándwich de la papelera de la oficina fuera algo tan normal para llevarse a la boca, o que el cuerpo se adaptara a distintos horarios de trabajo de forma tan radical, o que el tiempo meteorológico pueda ser tan horrible pero tan insignificante a la vez que ni te plantees que el gélido frío pueda ser un problema para salir a lucha; porque no hay oponente más pernicioso en una guerra que tú mismo contra tus propias limitaciones. Te das cuenta por momentos cuán difícil es creerte cada día que eres capaz de hacer cualquier cosa, cualquier cosa tan tonta como ir a un restaurante a dejar tu curricúlum (no sin antes haberte estudiado de memoria esa frase: “Good morning, i am looking for a job, can i leave my cv, please?”, y antes de siquiera pisar el escalón que te abre las puertas de las nuevas oportunidades, te tropiezas con tu cobardía y tu sentido del ridículo y te das la vuelta convencido de que en el próximo restaurante no te pasará lo mismo, que al menos serás capaz de pasar a dejarlo.

No sé aún cuando volveré a España, aún me quedan demasiados asuntos pendientes aquí conmigo misma. Sigue bailando en mi cerebro cierta frase que me acompaña (no siempre fiel) desde que aterricé en este país: “I can do it”, me gustaría que la frase cobrara sentido hasta el punto de que dejara de ser una idea y se convirtiera en un hecho.

Londres, la ciudad de las oportunidades, la ciudad más cosmopolita que han acertado a ver mis ojos hasta ahora. La ciudad que no conoce extranjeros, que simplemente los cobija y los atrapa. Distintos colores, olores, lenguajes, visiones, culturas, religiones, ideas… Todo un caldo de cultivo cultural que se va extendiendo de tal forma y hasta tal punto, que se podría vivir aquí sin tan siquiera dominar el idioma. Ya no es tan extraño ir por cualquier calle y cruzarte con un grupillo de españoles, y por supuesto cuando eso pasa es inevitable esbozar una sonrisa y acordarte de tu tierra. Pero me gusta esa sensación, esa sensación tan curiosa que tienes cuando estás en un país extranjero y para entender una conversación debes prestar atención, porque eso también significa que de no hacerlo…eres libre de no hacerlo. Hasta ese punto eres libre, hasta el punto de no tener por qué entender algo si no quieres. En tu país natal esa sensación es imposible de experimentar, porque quieras o no, y sin prestar el más mínimo de atención, te ves envuelto en conversaciones ajenas aunque ni siquiera participes. Pero aquí, aquí solo tú eliges cuando quieres desconectar o cuando te quieres involucrar, ya sea de forma pasiva o activa. Tal vez sea eso mismo lo que más he experimentado desde mi llegada: Libertad, y casi me atrevo a decir también: Tolerancia.

Muchos somos los que hemos salido de nuestra madre tierra, dejando nuestras familias a la espera de volver a vernos; muchos son los que se ven obligados a permanecer en un país que no te acoge con facilidad en demasía. Somos pocos los que vemos esta “obligación de partida” como una gran oportunidad de desarrollo, somos pocos los que sentimos que el mundo no empieza ni acaba en una ciudad o en una persona, sino que se dilata hasta el punto ese que llaman infinito, somos pocos los que tenemos un hambre voraz de comernos el mundo. Y entre esos pocos que no se quejan sino que luchan, que no abandonan sino que se levantan, entre esos pocos…estoy yo.

¿Cómo está siendo esta experiencia? Creo que podría definirla en una sola palabra, aunque por supuesto siempre me quedaré corta: Increíble.